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María Verónica Barzola
Buenos Aires, Argentine.
2008-06-02 23:54
Dernière modification: 2008-06-02 23:54
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Mujer saharaui, Sahara Occidental, Argelia, 2007.

Crónica de un viaje al Sahara

De Europa al África. Una madrugada de diciembre mi avión aterrizaba en un aeropuerto perdido del desierto argelino, entre la arena que volaba y oscuridad absoluta. Iba a un lugar que desconocía, no sabía mi destino exacto. El único dato fehaciente era que viajaba rumbo a los Campamentos de Refugiados Saharauis enclavados en medio del Sahara argelino.
"...yo sé una canción de África,
de la jirafa y de la luna nueva africana tendida de espaldas,
de los arados en los campos
y de los rostros sudorosos de los recolectores de café..."
Karen Blixen - Memorias de África

El Sahara, el más grande cúmulo de arena del globo, que meses antes había visto desde el aire como una extensión interminable color ocre se hacía ahora parte del paisaje terrestre.

 

La llegada

Mi avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Tinduf una madrugada. Era construcción pequeña, casi despojada de hangares, con solo un control migratorio. Al costado de la pista solo había arena.

Era la primera vez que iba a África en un viaje que no había planificado, un viaje que casi no había elegido. Mi primera sorpresa fue el cielo. Por muchos cielos increíbles que hubiese visto antes, ninguno se parecía a este. Cargado de estrellas que se veían con mucha más intensidad que en cualquier otro lugar del mundo.

Fuera del improvisado aeropuerto me esperaba mi guía: un beduino que hablaba árabe (idioma que yo desconocía por completo) y que tenía la cara tapada con un turbante, seguramente para sobrellevar las bajas temperaturas de la noche. Saludó con un gesto breve, colocó mi equipaje (mochila, bolsa de dormir y cámara de fotos) en la parte de atrás de la 4X4 y me hizo seña para que subiera al vehículo.

Así comenzó la travesía, de casi una hora, por rutas perdidas en medio de dunas interminables. No había alumbrado público, ni poblaciones. Nada. Todo era oscuridad… solo sobresalía el cigarrillo encendido del conductor.

La ruta se acabó y comenzamos a circular por la arena. Mi ansiedad aumentaba, no podía consultar a donde íbamos, no sabía cómo. Después de minutos de traqueteo, el vehículo se detuvo. Había llegado a mi destino donde debía pasar la noche. El conductor me señaló una tienda que tenía una luz blanca encendida. Había tanto silencio que los latidos de mi corazón parecían retumbar. Dentro me encontré una joven saharaui que me dio la bienvenida. Estiré mi bolsa y dormí.

 

El primer día

Amanecí sintiendo el olor a té dulce que inundaba el lugar. Una mujer saharaui estaba sentada en un almohadón, a unos metros de mí, con una pequeña tetera de lata en la mano. En un delicado ritual de endulzamiento y de trasvaso del te, buscaba el sabor justo.

El sol ya estaba alto, me asomé fuera de la tienda, y recién pude tomar noción de donde me encontraba: estaba en medio de un “sembradío” de casas y tolderías asentadas en la arena. La tienda donde había caído rendida la noche anterior era amplia (con buena luz podría apreciar las dimensiones), podían dormir allí unas diez personas aunque solo éramos tres. Los colchones estaban ubicados sobre los laterales, las frazadas enrolladas en una esquina. En el suelo unas bonitas alfombras atemperaban el frío luego de la caída del sol. En el centro había una mesa ratona rectangular donde todo estaba listo para el desayuno.

Después del desayuno caminé hacia la plaza. Entre la gente apareció nuevamente el chofer de la noche anterior indicándome que me llevaría a hacer un recorrido. Subí al vehículo sin saber, otra vez, el destino. Circulamos primero por una ruta aunque después nos adentramos en el desierto pasando entre dunas y piedras.

En el medio de la nada se  levantaban edificios públicos como la televisión saharaui,radio, etc. Parecía mentira que en ese contexto de terrible escasez los medios de comunicación funcionasen como en cualquier otro sitio.

Nos detuvimos también en una escuela contraída por Eusko Jaurlaritza, fue entonces cuando el acompañante del conductor se giró y me dijo “me gusta el carácter de los vascos, esa honradez que tienen…”.

Al regresar busqué un lugar donde ver el atardecer. Todo volvía a quedar nuevamente en silencio como la noche anterior, solo se oían el sonido de las cabras que entraban en los corrales.

 

Los días en el desierto...

Todos los hechos sucedidos los días siguientes a mi llegada fueron conmovedores, un continuo estado de traspaso del dolor a la sorpresa.

Omar, sociólogo saharaui, me acompañó a visitar familias saharauis y a la vez, hizo de intérprete (la mayoría de las personas mayores solo habla árabe). Su compañía facilitó el cumplimiento del objetivo: conversar con las saharauis para saber las razones por las cuales habían emigrado sus hijos y hermanos.

Las charlas fueron intensamente conmovedoras. Mujeres de todas las edades (bonitas y jóvenes o mayores y de rostros arrugados) hablaban mirándome a los ojos, a sabiendas que no entendía ni una palabra de lo que nos decían. De sus voces, de ese cúmulo de palabras que hubiese querido comprender sin traducción, se desprendía una cadencia profundamente nostálgica.

Sus hermanos e hijos habían emigrado por causas económicas, la incapacidad de auto-sustentación era la que empujaba a algunos buscar otros horizontes. Los que se quedaban acosados por las necesidades esperaban recibir las remesas como única forma de lograr un mínimo de confort en la vida cotidiana.

Esa noche caminaba por la oscuridad del campamento, alumbrándome con una linterna, mientras pensaba que la emigración es igual en todas las culturas: la esperanza de los que se quedan, la añoranza de los que se van.

Después de cenar, nuestra anfitriona decoró con arabescos mis manos. Es una tradición femenina, símbolo de sensualidad y elegancia. Colocó planchas con dibujos calados y sobre ellas una pasta a base de gena, una magnífica tintura vegetal. Los lugares donde la gena tomó contacto con la piel quedaron de un color (y de mis uñas solo puede quitarlo mes y medio después).

Pasé los días entre las mujeres saharauis, conversando sobre sus familias. Mi sorpresa aumentaba con cada charla. Las formas de emigración típicas de nuestras sociedades no se asemejaban a las de este pueblo. En general, era las saharauis las que emigraban y las que enviaban dinero, no los hombres. No en vano había una premisa que las calificaba como las mujeres más avanzadas del mundo musulmán.

Para ellas el desierto es su hogar y esperan con ansias –aunque también con convencimiento- el regreso a las tierras que en algún tiempo le pertenecieron. En cambio la mayoría de los jóvenes quieren partir. Ellos no ven futuro en los campamentos, están esperando que les entreguen el pasaporte o que les respondan de alguna universidad sobre alguna beca a la que aplicaron. Muchos están movidos por un imaginario inocente, por una idea idealizada del lugar a donde quieren irse.

La amabilidad del pueblo saharaui es digna de ser destacada. Una siesta, mientras recorría las escuelas de Smara,  el sol era insoportable. Fue entonces cuando una familia me ofreció descansar en su casa mientras tomábamos te y conversábamos. El calor era tan agobiante que la gentileza fue bien recibida.

El último día tomé un bus que me llevó hasta el edificio sede del Gobierno Saharaui. Después de esperar unos minutos, junto a otras personas, nos indican que el presidente nos recibirá. Ingresamos al edificio por un pasillo. Solo hay un guardia en una garita a la entrada. La construcción estaba caracterizada por una austeridad pasmosa. A los minutos llegó el presidente junto a su traductor. Dijo un breve discurso a la delegación presente y agradeció la visita con una particular cordialidad. Después de las fotos pertinentes se retiró.

 

Las horas finales y el regreso

Los días en el desierto, entre las cabras, el polvo y el sol rojo que se escondía todas las tardes en el horizonte pasaron rápido. Casi sin darme cuenta había llegado el momento de emprender el regreso. El momento de la despedida que se cargó de una sensibilidad muy especial. Intercambiamos direcciones y promesas de contacto. Todos estábamos movilizados por la experiencia.

Ellos con lágrimas en los ojos, yo sin poder siquiera hablar.

Y otra vez llegaba el conductor de la cabeza cubierta, las maletas al baúl, el vehículo que se enciende, el tránsito rápido por la noche del Sahara, la arena interminable, el cielo y las estrellas, el aeropuerto pequeño, el embarco, el avión, el regreso.

Ahora desde aquí intento contar lo vivido, y ellos que siguen allí entre la arena y la nada...

 

Más información
Ver fotografías del viaje al Sahara
Saber más sobre la historia del pueblo saharaui
Visitar la revista Futuro Saharaui, periodismo independiente (dirigido por Said Zarwal).
Visitar el sitio Muro-Minas (dirigido por Gaici Nah), e informarse sobre el muro construido por Marruecos en el Sahara Occidental.

 


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