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Nerea Pikabea
Donostia-San Sebastián, Euskal Herria.
2006-07-21 17:11
Azken aldaketak: 2008-02-21 12:49
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Los abuelos de Ángeles con sus cinco hijos, entre los que se encuentra su madre. Foto sacada hacia 1915. Fuente de la imagen: Ángeles de Dios Altuna.

Angeles de Dios Altuna de Martina: "Siempre estuvo presente en mí la necesidad de buscar mis orígenes"

La inquietud de Ángeles ha dado por fin su fruto. Gracias a la investigación del programa de Reencuentro Familiar de EuskoSare, esta argentina descendiente de vascos ha encontrado sus raíces en Elgoibar (Gipuzkoa).

Tanto los descendientes argentinos como su familia que vive en Elgoibar poco saben sobre la abuela, aquella mujer que fue sóla a América y falleció a los 35 años. El abuelo volvió a casarse con otra vasca, y ya no se habló más del asunto. Gracias a la información de los Echeverría de Elgoibar ha podido saber que su abuela Manuela era la mayor de 8 hermanos y que nunca tuvieron más noticias de ella. Sobre su abuelo Manuel Altuna Aramberri ha podido saber que nació en el caserío Cortaberri. El familiar con el que se ha encontrado ahora, José Luis Mugaregui, le envió la foto.

No saben a ciencia cierta si sus abuelos viajaron juntos o separados, pero saben que se casaron en Comodoro Rivadavia (Argentina) el 14 de noviembre de 1908. Ángeles cree que ya se conocían del pueblo. Desconocen también en qué fecha llegaron los abuelos a Argentina y el nombre del barco, pero estiman que fue entre el 1906 y 1907, porque las tías de Ángeles dicen que fue antes del descubrimiento del petróleo (el 13/12/1907).

Éste es el testimonio que nos brinda Ángeles de su historia:

En busca de una identidad desconocida

El proceso de conocimiento de la identidad vasca, fue en mi caso, lento y largo, pero emprendido con férrea voluntad, y necesidad de esclarecer parte de mi vida, de liberarme de antiguos fantasmas y no quedar con dudas o interrogantes. Tal vez la primera pregunta que surgió en su momento, fue por qué soy vasca, qué cosas me identifican con lo vasco, cuáles son mis orígenes, o más bien, parte de ellos. Estos enigmas me llevaron a bucear en mi infancia, en los antecedentes familiares, mi nombre y apellidos, en hechos, en la geografía y en la historia, en todo aquello que ha marcado la vida y fue definiendo mi historia personal.

La infancia

Nací en Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut, Argentina, el 24 de marzo de 1938. Mi padre fue un inmigrante nacido en la provincia de Almería que llegó a América con sus padres y hermana, en 1920. Este antecedente, me ha dado una fuerte identificación con todo el proceso inmigratorio, particulares vivencias que con los años se profundizaron tanto en lo emocional como en el conocimiento de la historia de la inmigración en mi país.. Comprendí con los años los avatares de esa epopeya y el dolor del desarraigo, pero no el olvido de la tierra. Este sentimiento se fue definiendo con un profundo reconocimiento a ellos, a los valores transmitidos, a la comprensión de sus vidas y a la visión de una historia que es única e intransferible.

Mi madre, era argentina, hija de padres vascos: Manuel Altuna y Aramberri y Manuela Echeverría y Sarasúa, ambos nacidos en Elgoibar. Mi relación con ella fue breve, y una separación traumática a los tres años nos llevó por distintos caminos.. A partir de aquel año de 1941, otras fueron las geografías y los rostros en mi vida. El silencio, la ausencia de explicaciones y la distancia me hicieron crecer entre incertidumbres. En el barco “13 de diciembre”, mi padre y yo nos instalamos en Buenos Aires donde con el tiempo aprendí mis primeras letras. Más adelante, el destino sería la ciudad de Santa Fe, donde viví hasta la mayoría de edad. Cursé el magisterio y la carrera de asistente social. Antes de cumplir 22 años me trasladé a la ciudad donde vivo actualmente, Resistencia, capital de la provincia del Chaco. Vine con fines laborales, y aquí formé mi familia; vivo aquí con mi esposo con quien tuve dos niñas y un varón. De ellos tengo cuatro nietos.

Lo vasco en mi vida

Desde que tuve uso de razón, conocí mi apellido materno, Altuna, de origen vasco. Con los años comencé a preguntar o a escuchar comentarios acerca de los vascos, cuando mi padre, más comunicativo que en otras oportunidades, mencionaba algo acerca de ellos.
Yo me animaba a preguntar cada tanto, con marcada curiosidad, qué era ese asunto de ser vasco, el porqué de los trabajos que hacían mis abuelos en una tierra tan lejana; de algunas características de su forma de hablar, de escasos datos que me iban dando indicios de que, por un lado era hija y nieta de andaluces, pero por el otro, con el cual parecía reconocerme físicamente, era vasca. Un origen desconocido, remoto, sin mayores expectativas de poder saber más cosas. Cada conversación ocasional en la que se deslizaba un dato, una presencia, un modo distinto de vida, se iba adentrando en mí fuertemente, como un sello distintivo que no alcanzaba a comprender, que estaba ahí presente, sin definirse abiertamente.

De escuchar anécdotas de mi tierra tan lejana y desconocida, de múltiples orígenes culturales por la inmigración, la presencia vasca se hacía sentir, porque élla estaba en labores propias de los vascos de aquellos años como la cría de ovejas; en las costumbres, en los trabajos diferentes de los relacionados a la explotación del petróleo, actividad principal de Comodoro. Escuchaba hablar de la caza, de la pesca, de los mejillones que se recogían en la arena. El mar, el viento, el frío, fue poblando mi imaginación de realidades diferentes de las que veía en el lugar donde vivía. Mirar un mapa de la Argentina, en dirección al sur donde había nacido, se hizo con los años, uno de mis refugios, que acentuaban el amor a mi tierra, a lo desconocido, a lo que había detrás de todo esto que no sabía muy bien de qué se trataba o tal vez ya lo sabía o lo intuía.

Hacia los 18 años, compré en un comercio del centro, un prendedor de metal esmaltado que decía Euzkadi. En realidad no sabía muy bien lo que significaba, pero igualmente lo prendí a un abrigo y lucía con silencioso orgullo, como un distintivo que me diferenciaba de muchas cosas.

La búsqueda incesante

Siempre estuvo presente en mi la necesidad de buscar mis orígenes, saber de mi madre y de su familia. No escatimé medios, preguntas, consultas, lecturas, anotaciones, búsquedas interminables que hilaba y asociaba para ir esclarecer mi pasado.

Años más tarde, comencé la búsqueda del significado de mi apellido, datos biográficos, consultas de mapas, nombres de pueblos o ciudades que me fueron introduciendo en un mundo totalmente desconocido, algunos datos históricos, las características de la inmigración vasca en mi país, un tanto diferenciada del resto de otros grupos arribados durante décadas; su extraña lengua, algunas de su ocupaciones laborales típicas, la alusión a vascos o vascas y diversas lecturas que ampliaron mi horizonte. Todo esto me llamaba poderosamente la atención y era motivo de una búsqueda incesante, muchas veces inútil o limitada por la falta de recursos o posibilidad de consultarlo con alguien o de acceder a fuentes fehacientes.

En carpetas fue acumulando información, datos, actas de nacimiento, de defunción, fechas, nombres, lugares, todo lo que consideraba podía constituir un aporte en esta búsqueda. Las actas de nacimiento y matrimonio de mis abuelos fueron decisivas. Ante organismos oficiales argentinos como la Dirección de Migraciones, o privadas como el CEMLA –Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos, busqué vanamente. Así pasó el tiempo.

Programa de Reencuentro Familiar

Con la información que poseía me contacté con la asociación Munduko Euskaldunak que fue anunciada hace unos años en periódicos de Buenos Aires, a través de Jon Bustillo, su responsable, por cuyo intermedio y ya con bases más concretas retomé la búsqueda de quienes yo presentía vivían aún en Elgoibar, descendientes directos de mis abuelos maternos.

Posteriormente continué la búsqueda a través del Programa de Reencuentro Familiar de EuskoSare.

Allí en Elgoibar estaban los Altuna, a quien me unen bisabuelos en común; y los Echeverría, descendientes de mi abuela, quien partió sola a América y ninguna de sus hijas conoció su historia, si tenía familiares o no, pues ella falleció a los 35 años después de un parto y su recuerdo se mantuvo en la reserva del amor filial y en escasas fotografías.

Estos pocos datos, fueron el motor de la búsqueda y el encuentro que hasta el momento es sólo mediante cartas, mensajes de correo electrónico o fotografías. La sensación que se tiene, es un tanto extraña, conmovedora, por momentos irreal. Saber de parecidos físicos con mi familiares, haberles permitido que ellos conozcan por lo menos de referencia que tenían familiares en Argentina. Varias generaciones fallecieron sin saberlo. Dudo que mis abuelos hayan escrito cartas, solo hablaban euskera, pero la comunicación existió porque los hermanos Altuna trajeron a sus padres, mis bisabuelos, que aquí fallecieron. Sólo uno regresó y ése es el eslabón que hoy nos une.

Es difícil poder describir los sentimientos que se acumulan y entrecruzan, pero si es cierto que se produce una hondura en el afianzamiento de lo vasco y en el sentido de pertenencia. No es necesario aclarar que los hijos tenemos lealtades a ambos padres: me conmueve tanto lo vasco como lo andaluz, y soy argentina con identidades asumidas de ambos orígenes.

Lo vasco, por cuestiones de la experiencia familiar que me tocó vivir, está ahí presente, en esta continua búsqueda. Cada avance o descubrimiento de ese mundo, es una afirmación más honda que comprende lo afectivo y lo intelectual como una permanente fuente de compensación. Vaya mi agradecimiento a todas las personas que hicieron posible esta realidad tan buscada a lo largo de mi vida.

Ángeles de Dios Altuna de Martina


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