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José Joaquín Domínguez Arbe, taraceísta, 'pintor sin pinceles', con obra en Euskadi y la Diáspora

14/10/2009

El artista durangués José Joaquín Domínguez Arbe, fallecido en Euskadi hace unos meses a los 76, cultivó un arte singular, el taraceísmo y el arte marquetero, en el que adquirió un dominio singular, hasta el punto de que el escritor Luis de Castresna le calificaría de "auténtico pintor que pinta sin pinceles". Vivió en Venezuela --Eusko Etxea de Caracas cuenta con muestras de su arte-- aunque llegó a exponer también en ciudades como Boston, San Francisco, Praga, París, Madrid, Barcelona, Bilbao, Gasteiz, Donostia. Retornó de Venezuela hace 12 años, a Getxo, donde ha residido hasta su muerte. Su esposa Mercedes Ruiz abría recientemente su casa y mostraba un buen número de sus obras al diario Deia, que publicaba ayer el artículo que reproducimos a continuación.

Cristina M. Sacristán/Getxo, Bizkaia. Como siguiendo las huellas de Simón Bolívar, y al igual que muchos vascos disidentes del franquismo, José Joaquín Domínguez Arbe llegó de adulto a Venezuela, poco después que su esposa Mercedes Ruiz, y allí perfeccionó una modalidad de arte que llegó a dominar con tal destreza que ha expuesto a lo largo de su vida en toda América y Europa, exitosamente. Este taraceísta diestro, durangués pero viajado como pocos, se vio obligado a abandonar este mundo hace unos meses, con 76 años, debido a una deficiencia pulmonar, a pesar de las ganas que tenía de seguir contando con sus singulares cuadros las luces, edificios y paisajes que tanto le fascinaron en vida.

Domínguez Arbe desarrolló de forma extraordinaria la técnica de la taracea, que se suele usar en artesanía y marquetería (todavía hoy, en Granada y Damasco, por ejemplo), especialmente influenciado por un marquetero que conoció en Francia (1956). Pero, según narra su viuda, Mercedes, al abrir a DEIA las puertas de su casa getxotarra, él se consideraba a sí mismo "pintor y escultor". El Premio Nacional de Literatura y niño de la guerra, Luis de Castresana, lo definía en una de sus exposiciones en el bilbaino Hotel Ercilla, en 1989, como "un artista excepcional en el rico y variado panorama de la Pintura Vasca; un auténtico gran pintor que pinta sin pinceles".

Y es que Arbe empleó maderas desconocidas aquí, como la majagua verde cubana, y el ojo de garza amarillo y las rojas venezolanos. Efectivamente, su impresionante cuadro de la catedral de Santiago de Compostela, en poder de su familia -en el que fuera su sancta sanctorum-, maravilló a las instituciones gallegas. Su hija Patricia, plasmada en maderas desde los dos años; barcas en el puerto, reflejos del agua en Bermeo; caseríos, amamas, su autorretrato, calles andaluzas, iglesias y pueblos de diferentes países... la producción de Domínguez Arbe fue espectacular, hasta el último momento. "¡Qué milagro el de estos cuadros en los que están todos los elementos de la pintura (dibujo, color, composición, perspectivas) y que han sido "pintados", sin embargo, sin lápiz ni óleo ni pincel por el prodigio sabio y luminoso de combinar diversas maderas!", se admiraba De Castresana.

El crítico de Arte de Hierro L. Muñoz Viñarás decía en Curacao -donde los niños le llamaban por la calle "Artista, artista"- que "Arbe domina de tal suerte el procedimiento que no cabe sino deducir que lo ha dotado de valor de lenguaje al que ha conferido un vocabulario, una sintaxis, un estilo personalísimo, difícilmente imitable". Con todo, su primer descubridor, el que casi resultó su mecenas, fue Santiago Magariños, crítico y profesor de la Universidad de Venezuela. "Él le decía "¡pero qué belleza! Expón, expón"", narra hoy la compañera de Arbe durante medio siglo. Y, al arrancar en Caracas, las exposiciones del artista de origen vizcaino resultaron muy exitosas. Y a continuación, ¿cómo se promocionaba? "A pulso", rememora Mercedes. Y lo lograba: su calidad prevaleció siempre, y este maestro taraceísta ha expuesto por doquier, habiendo obra suya en Boston, San Francisco, Praga, París, Madrid, Barcelona, Caracas, Bilbao, Gasteiz, Donostia...

Para la inspiración, Arbe y su familia viajaban mucho. Hace 12 años se instalaron ya, definitivamente, en Getxo, "cerca del mar, me decía", y desde su amplia y luminosa casa repleta de arte por todos los poros, marchaban a la Costa del Sol "cuando teníamos frío", Galicia (donde el autor pasó parte de su infancia) o Venezuela (donde tenían familia), pero los cuadros de este genial durangués denuncian su paso por El Escorial, la colombiana iglesia de Santa Marta (donde dieron la extremaunción a Bolívar), la Casa de George Washington o, de forma recurrente, su últimamente cercano Puerto Viejo de Algorta.

Su obra se halla dispersa por el mundo, además de que -subraya su viuda y siempre asesora- "solía regalar cuadros constantemente, es increíble que nos ganáramos la vida". De hecho, él solía pedirle a Mercedes que ella vendiera, pues "yo soy sólo artista", argumentaba. Testimonio de su legado está en el Hotel Ercilla, el restaurante del Casco Viejo de Bilbao Sabigain, el Museo Simón Bolívar (Ziortza-Bolibar) o, incluso, en el Centro Vasco de Caracas, donde puso mucho corazón desde la diáspora.

(publicado el 13-10-2009 en Deia)

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José Joaquín Domínguez Arbe, taraceísta, 'pintor sin pinceles', con obra en Euskadi y la Diáspora

Mercedes Ruiz muestra una de las obras de su marido, el taraceísta durangués José Joaquín Domínguez Arbe (foto Deia)

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