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Un niño de la guerra vasco, hoy octogenario, residente en Argentina, descubre que tiene una hija de 60 años

29/12/2009

Lo publicada el diario Deia en su edición de ayer. Ya octogenario, el galdamestarra residente desde hace sesenta años en Buenos Aires Manuel Cámara descubría fortuitamente, gracias a unas pesquisas realizadas en el Archivo del Nacionalismo Vasco, que tiene una hija que cumple ahora 60 años, Jennifer Pateman-Harrison, cuya existencia desconocía. Como niño de la guerra, Manuel residió varios años con una familia en Inglaterra, hasta que con 24 años partió hacia Argentina. El artículo corresponde a Arantza Rodríguez, del citado medio.

Arantza Rodríguez/Artea, Bizkaia. Son padre e hija, pero podrían haber muerto sin conocerse. La hebra invisible que les unía quedó cortada, antes incluso que el cordón umbilical, por el silencio de la madre encinta. Casi sesenta años después, Manuel Cámara, un niño de la guerra de Galdames, abrazó por primera vez a su hija Jennifer Pateman-Harrison, cuya existencia desconocía. Separados por miles de kilómetros, los que distancian Buenos Aires de la localidad malagueña de Mijas, la Fundación Sabino Arana fue la responsable de atar los cabos del hilo telefónico que les puso en contacto.

Manuel tiene 84 años y una memoria prodigiosa. De hecho, recuerda aquel día de 1937 en el que embarcó en el puerto de Santurtzi, rumbo a Inglaterra, como si fuera ayer. "Cuando llegué a la escalera del barco, miré para arriba y observé que un marino estaba repartiendo panes blancos. En aquel momento se me fue el miedo. Sólo esperaba que no se terminaran antes de que yo llegara. Hacía tanto tiempo que no veía un pan blanco... Cómo lo disfruté", rememora, como si aún se le hiciera la boca agua. Su adolescencia la apuró este vizcaino en una colonia, en la ciudad de Leeds, adonde acudían las familias inglesas para visitarles los fines de semana. Allí conoció a los Buckley, con los que convivió un tiempo, antes de independizarse y partir hacia Argentina. El viaje lo emprendió con 24 años sin saber que había dejado algo más que una huella en aquella familia de acogida. Una hija, fruto de un romance con la señora de la casa, de la que jamás tuvo noticia.

Con la nostalgia que despierta la madurez, hace catorce años Manuel se presentó, ávido de revivir el pasado, en el Archivo del Nacionalismo Vasco, gestionado por la Fundación Sabino Arana en Artea. "Quería encontrar a alguno de los niños que fueron compañeros míos y volver a ver a las maestras", explica. Entonces ni siquiera podía imaginar que el rastro que dejó su visita le cambiaría la vida.

Criada en el convencimiento de que su padre era Joseph Buckley, Jennifer no supo de la rama podada de su árbol genealógico hasta hace cuatro años. "Mi madre, Alice, murió en 1981. Sin embargo, mis hermanas Elanie y Joan, que ahora tienen 76 y 81 años, no me hablaron de Manuel hasta 2005, cuando yo ya llevaba un tiempo viviendo en España. Me dijeron que no era hija de Joseph. Creían que mi verdadero padre se llamaba Manuel Cámara y era uno de los niños vascos que habían sido enviados a Inglaterra durante la Guerra Civil española". La inesperada confidencia encajó a la perfección en el rompecabezas de sus recuerdos. "No estaba molesta porque, aunque mi padre había sido siempre muy amable conmigo, yo nunca me había sentido muy cerca de él. De hecho, cuando era una niña me preguntaba si yo había sido adoptada. Siempre quise más a mi madre y ahora miro hacia atrás y siempre fue ella la que tomó todas las decisiones sobre mí", hilvana.

Desterrados los reproches, Jennifer dice comprender el mutismo de su madre. "Creo que nunca me lo dijo porque que en aquellos años mi madre y Manuel hubieran tenido una aventura, como obviamente hicieron, habría sido un escándalo, sobre todo porque el resultado final era un bebé. Joseph debió acordar permanecer casado con ella y criarme como hija propia, pero ellos nunca fueron marido y mujer otra vez, sólo vivían en la misma casa. Por eso mismo, porque no la abandonó, estoy segura de que ella pensó que estaba haciendo lo mejor ocultándomelo", se intenta poner en su lugar.

Sesenta cartas Aferrada a un nombre y un apellido, Jennifer escrutó las viejas fotografías de su familia con los niños vascos. "Pude ver que el chico mayor, que tendría alrededor de 14 años, tenía una mirada muy similar a la mía. Asumí que sería un poco mayor que mi hermana Joan, de modo que en aquel momento tendría alrededor de ochenta años, si es que aún estaba vivo", desliza la coletilla. Sin perder la esperanza, emprendió su búsqueda. Primero, en Google. "Di con la Sociedad de Niños Vascos en Londres. Envié un correo electrónico para preguntar si había algún Manuel Cámara registrado y me dijeron que sí, que se había ido a Argentina y que era toda la información que podían darme. Pensé que nunca le encontraría", confiesa.

Durante dos años se dio por rendida, hasta que un día, consultando las Páginas Blancas, se le encendió la bombilla. Intuyó, con un mapa, la zona más probable donde podía haberse asentado su padre, escribió una carta, con la ayuda de un amigo español, y se la envió, junto con una fotografía de los niños vascos, a los sesenta Cámara que aparecían en la guía. No albergaba grandes esperanzas. "Tuve una o dos respuestas negativas. En enero de 2007 recibí una llamada de un hombre que me dijo que, aunque no sabía nada acerca de Manuel, le había pasado la carta a un amigo que dirigía el protocolo para el pueblo vasco. Seguidamente recibí el e-mail de Eduardo, que me dio la dirección de Manuel y su número de teléfono en Buenos Aires. No me lo podía creer", relata, agradecida por el gesto del responsable del Archivo del Nacionalismo Vasco, artífice de su encuentro. "Si no hubiera sido porque se tomó el tiempo y la molestia de ponerse en contacto conmigo, no habría localizado a Manuel. Nunca podré agradecerle lo suficiente su ayuda", admite.

Nada más asomarse al sobre sellado por Jennifer, Manuel se reconoció en uno de los niños y la llamó. "Le escribí contándole quién era y le envíe un montón de fotografías, entre ellas, una de cuando yo tenía doce años. Al contestarme, me mandó un retrato suyo con la misma edad. Parecíamos gemelos. Manuel me llamó y me dijo que pensaba que era mi padre. Le había mostrado las fotos a un experto en Buenos Aires y le había dicho que no había ninguna duda de que estábamos relacionados". Ellos tampoco la tienen, pese a la falta de evidencias científicas. "No nos hemos hecho ninguna prueba de ADN, pero, sin duda, somos muy parecidos", rubrica.

Lejos de mecerla en su regazo de recién nacida, cuando Manuel estrechó en sus brazos a Jennifer, en la primavera de 2007, ella estaba a punto de cumplir 60 años. "Vino a España para reunirse con una hija que vive en Alicante y yo fui a buscarle a Madrid. La espera fue muy extraña, no tenía idea de cómo me sentiría porque éramos dos completos desconocidos. Le besé y le abracé. Estaba muy cansado después del largo viaje y no quise bombardearle con preguntas", rememora. En un taxi, camino de la estación de tren, ambos demostraron su complicidad. "Con todos los conductores que hay en Madrid, nos cogió uno que era partidario de Franco y que estuvo hablando de política todo el viaje. No le hicimos caso y le dejamos que despotricara. No sabía que Manuel era vasco. Si lo hubiera sabido, probablemente nos habría hecho caminar", cuenta, divertida.

Tras compartir unos días con Jennifer en Mijas, donde conoció a su nueva familia, el niño de la guerra, ya octogenario, regresó a Argentina. Esta vez con la verdad en la maleta. "Le dije que no había necesidad de que le hablara a su esposa de mí. No quería que se sintiera molesta, pero él decidió contárselo a toda su familia. En fin de año iré a conocerles", pone la guinda, sin ánimo de desbancar a Mujercitas, a una auténtica historia de Navidad.

(publicado el 28-12-2009 en Deia)

Hermos reencuentro como son ---

marisabel — 29/12/2009 06:35
Asi como ocurrió a Don Manuel deben haber otros casos no resueltos, con la migración de españoles que tuvieron que salir de su País en el tiempo de Franco.

Un niño vasco

Juan L. Agotegaray — 29/12/2009 11:29
ZORIONAK!!!! MANUEL. Es un hermoso regalo de Navidad para todos aquellos que tenemos un poquito de sangre euskaldun en nuestras venas.

Zorionak!!!!!!

Valeria Garcia Oyarzabal — 29/12/2009 13:55
Zorionak!!! Manuel!!!!! Que linda historia... lo que es la sangre euskaldun!!!!!

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