Diario Vasco

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El otro relato
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Lourdes Pérez | 01-03-2016 | 12:58| 0

El final de la violencia de ETA ha dado paso a lo que se ha dado en llamar ‘la batalla del relato’ sobre lo que han significado tantas décadas de terrorismo entre nosotros. La evidencia de que la banda armada tuvo que abandonar los atentados porque ya no le quedaba otra y sin ninguna de sus históricas reivindicaciones como contrapartida dejó sin argumentos a quienes en 2011 continuaban mostrándose condescendientes con los asesinatos, las amenazas y la extorsión bajo la coartada de la existencia de un conflicto político irresuelto. Silenciado el ruido de las pistolas, Euskadi encara dilemas morales que habían permanecido solapados por la tragedia: por ejemplo, si es admisible la distinción entre lo que muchos vascos siguen considerando una “ETA buena” durante la dictadura y la “ETA mala” que ha matado más en 40 años de democracia que durante el franquismo. Fracasado el intento de quienes avalaron la violencia y quienes comprendieron el recurso a la misma de blanquear un pasado que regresa, implacable, con cada aniversario de las víctimas, el pulso se centra ahora en esa ‘batalla del relato’ que mantienen, en un resumen muy minimalista, quienes niegan cualquier justificación legitimadora de ETA y quienes insisten en contextualizar su trayectoria criminal en virtud de un impulso político; equivocado, pero político al fin. Es el pulso también entre los lúcidos de primera hora que se posicionaron contra el terror y que lo denunciaron aun a costa de su integridad personal y aquellos que han acabado llegando al mismo punto de rechazo de la violencia, aunque por caminos más tortuosos, menos comprometidos y en ocasiones exculpadores de un pasado que nos señala. Pero bajo todo ello hay otra pugna, esta más sutil aunque igualmente relevante, que se libra dentro del propio mundo de la izquierda abertzale. Entre quienes han optado por hacer autocrítica de lo que representó la violencia que ellos mismos practicaron y quienes tratan de ganar el presente y el futuro político y electoral eludiendo cualquier mirada que cuestione por qué ETA hizo lo que hizo; que viene a ser tanto como cuestionar lo que cada uno decidió en un momento determinado. La casualidad ha hecho que la excarcelación de Arnaldo Otegi haya coincidido con la de Joseba Urrosolo Sistiaga, condenado por nueve asesinatos y dos secuestros y cabeza visible de la vía Nanclares, la denominación que reúne al puñado de reclusos que se desmarcaron de las armas y han querido manifestar empatía hacia el sufrimiento provocado a sus víctimas. Señalados como ‘traidores’, los internos de Nanclares no han cargado en estos años contra sus antiguos compañeros de armas que se resisten a acogerse a la legalidad para su reinserción, pero sí contra los “comisarios políticos” que han entorpecido, a su juicio, la resocialización realista de los presos. El paso de las semanas permitirá comprobar cómo encajan en la Euskadi sin violencia la izquierda abertzale ortodoxa que pretende afrontar los desafíos de la nueva política bajo la batuta de Otegi,  sabiendo que el ‘frente de las cárceles’ está por encauzar, y ese grupo de disidentes que estaría en condiciones de hacer un mejor proselitismo social tras la salida de la cárcel de Urrosolo Sistiaga.

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Con pompa y circunstancia
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Lourdes Pérez | 24-02-2016 | 13:11| 0

Pedro Sánchez y Albert Rivera han cubierto esta mañana la evidencia de que su acuerdo sigue siendo a estas horas insuficiente para garantizar la investidura con una escenografía que pretendía dar a entender justo lo contrario. Firma solemne a dos en la Sala Constitucional del Congreso, arropados ambos dirigentes por los suyos para conferir empaque a la imagen y sendas comparecencias después bajo el hermoso y evocador cuadro de Juan Genovés que simboliza la Transición reconciliadora de la dictadura a la democracia. El boato propio de lo que Sánchez ha calificado como un “acuerdo histórico” para una mayoría de españoles, aunque los firmantes solo representen hoy a la segunda y cuarta fuerza del hemiciclo y hayan tenido que constatar, a preguntas de los periodistas, lo que dicta la tozuda aritmética parlamentaria: que sin la abstención del PP o del Podemos la investidura no sale. Por más que la estrategia negociadora de los socialistas siga pugnando por sumar 143 escaños con siglas tan variadas como Ciudadanos, el PNV, Coalición Canaria, Izquierda Unida y Compromís -estos dos últimos, sentados junto a Podemos en la (desplazada del foco) mesa de izquierdas- para confrontarlos a los 142 que sumarían el PP, los independentistas catalanes y EH Bildu e intentar presionar al grupo de Pablo Iglesias para que no vete el relevo en la Moncloa. La iconografía de hoy ha sido tan aparatosa y solemne, tan cargada de referencias a un pretendido tiempo nuevo -esa alusión irremediable de Rivera a Adolfo Suárez-, que el PSOE y Ciudadanos corren el riesgo de lograr lo contrario de lo que necesitan para sacar adelante sus propósitos. En el caso de Sánchez, la escenificación de esta mañana junto a otro político casi calcado a él -apenas entrados en la madurez política, ambiciosos, con apostura y gusto por las camisas blancas- difícilmente puede ser digerido por el discurso, el programa  y la estética de Podemos. En cuanto a Rivera, nadie puede negarle la coherencia: hoy ha vuelto a apostar por un entendimiento a tres con el PP. Esa interpretación del pacto aleja a las izquierdas y compromete la muy genérica pregunta con que Sánchez pretende lograr el aplauso mayoritario de sus bases -a las cuales se suponía con mayor querencia por la alianza con Iglesias-. Pero es dudoso que vaya a influir en el ánimo de un Rajoy y de un PP que fían todas sus opciones a una investidura socialista fallida y a unas nuevas elecciones. Se dirá que Rivera ha acentuado sus opciones de erosionar, por la vía del centro reformista, el electorado de los populares carcomidos por la corrupción. Pero la jugada de vincularse tan estrechamente al futuro de Sánchez tiene también unos riesgos indudables, si el ‘asalto al cielo’ de la Moncloa no fructifica, para un líder que se había esforzado mucho hasta ahora por mantenerse casto y puro al margen de los lastres del pasado de populares y socialistas.

Pero más allá de los cálculos y las presiones cruzadas, bajo la rotunda teatralización del pacto PSOE-Ciudadanos late algo inconfesable. Que el acto de hoy y la sesión de investidura que arrancará este martes por la tarde con la intervención en solitario de Sánchez puedan constituir el primer ceremonial ante el tiempo muerto que se abriría a partir del 5 de marzo si no hay presidente y hasta las eventuales elecciones del 26 de junio. La nueva política se nutre de la efervescencia continua. Del hacer ver que algo cambia aunque al cambio no le den los números. De ininterrumpidas ruedas de prensa. De la táctica cambiante y la volatilidad de la opinión pública y publicada. La incansable responsable de comunicación de Sánchez fue quien erigió antes la figura de Rivera en un escenario público tan complejo como el catalán. Su homónimo en Ciudadanos fue uno de los responsables de campaña de Eduardo Madina, perdedor en las primarias socialistas ante el actual secretario general. Son coincidencias. Pero remiten a otra forma de hacer política y de comunicar que explica la pompa y circunstancia con que dos partidos situados a 46 diputados de la mayoría absoluta han presentado hoy su ‘acuerdo de gobierno’ para un gobierno que pende del primero-PP- y del tercero -Podemos- en el Congreso.

 

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Alicia, de todas nosotras
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Lourdes Pérez | 27-01-2016 | 21:10| 0

Se llamaba Alicia y solo llevaba 17 meses asomada a la vida. 17  meses, ese tiempo juguetón en el que los bebés más despiertos corretean , balbucean sus primeras palabras y empiezan a descubrir por sí mismos cosas imposibles, mientras los más perezosos aún retozan, resistiéndose a abandonar los brazos y los mimos que dan cobijo. Que dan calor. Que protejen. Nunca sabremos cómo eran los 17 meses de Alicia, ni ella podrá fantasear en el futuro con esa infancia que reconstruyen para nosotros con amor los que más nos quieren. Lo que sabemos de los 17 meses de Alicia es tan atroz que la inocencia saltó por la misma ventana por la que la arrojó un depravado de 30 años tras violentarla de la manera más terrible. Lo que nos quedará ya para siempre de los 17 meses de Alicia no será la promesa de la niña que va creciendo, de la adolescente que tiembla con el mundo, de la mujer que afronta  los retos de la vida. Lo que nos quedará es el sobrecogedor recuerdo de hemeroteca de esa madrugada de lobos en la que un depredador -¿un enfermo irremediable, un sociópata, tan solo un malvado?- abusó de ella y luego la asesinó sometiéndola a unas horas añadidas de sufrimiento terminal.

Conocida la asepsia del primer relato oficial de los hechos, mueve a la compasión más honda imaginar el padecimiento que le aguarda a esa madre  que apenas ha alcanzado la mayoría de edad. También la rabia y la impotencia que habrán invadido a todos los que han tenido que vérselas en las últimas horas  con un drama tan espeluznante. A los médicos y enfermeras obligados a evaluar el quebradizo cuerpo de Alicia, a medir su resistencia, a tratar de salvarle la vida en vano. A los policías y agentes sanitarios que llegaron los primeros al lugar del crimen. A los vecinos que habrán consumido el día preguntándose si hubiera habido manera de evitarlo. A los periodistas a los que en mala hora les ha tocado escribir sobre lo que no puede hacerse sin que se te retuerzan las entrañas.

Cientos, miles de niños se han ido quedando huérfanos en esta sociedad por la enquistada violencia ejercida por los hombres contra las mujeres que creen de su propiedad. El presunto pederasta que le ha robado el último aliento a Alicia también quiso apropiarse de lo que jamás podía ni debía ser suyo. No hay justicia justa, y ésta solo lo es cuando evita escrupulosamente la venganza, que pueda resarcir a una víctima tan vulnerable; y esa evidencia lo hace todo aún más penoso. Alicia se merece hoy, en las horas de su muerte, un pesar conmovido y el clamor social e institucional a favor de los más débiles, de los más indefensos. Yo no soy Alicia. Pero Alicia es de todas nosotras. De todos nosotros.

 

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Fuegos de artificio
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Lourdes Pérez | 17-12-2015 | 12:57| 1

Madrid siempre es un peligro en los momentos preelectorales. El ‘foro’, ese líquido espeso y envolvente que comparten políticos, periodistas y analistas varios, se transforma en un enorme conciliábulo del que no es posible escabullirse y en el que bullen las cábalas y los pronósticos, por descabellados que resulten. Si lo único que puede superar la excitación ante un rumor son las teorías de la conspiración -cuanto más enrevesadas e increíbles mejor-, la cosa alcanza el paroxismo en vísperas de las generales más inciertas, en medio de la hipotensión propia de los cócteles navideños y tras una campaña que no ha mejorado el ejercicio público de la política, pero que sí ha resultado tan vistosa como desconcertante: dos ingredientes imprescindibles para que el espectáculo continúe. En el Madrid trivial que se divierte consigo mismo fluyen en los últimos días tesis tan descacharrantes como que el PSOE va a sufrir tal batacazo que no le quedará otra opción que desbancar a Rajoy haciendo presidente a… Albert Rivera. Toda especulación se compra y toda especulación se vende. La posibilidad de que Mariano Rajoy dé un paso atrás para que la investida sea Soraya Sáenz de Santamaría y así retener el Gobierno para el PP sigue cotizando en el mercadeo previo al 20-D, como si fuera tan fácil la renuncia de quien ha llegado hasta aquí después de una legislatura poco menos que infernal, con un control férreo de su partido aunque no se vea, y tras una campaña en la que le han tildado de indecente ante diez millones de españoles y ha recibido un puñetazo que casi le tumba literalmente. Por no hablar de lo que significaría, en términos democráticos, que acabara liderando el país quien no ha sido votada directamente para asumir semejante responsabilidad. Pero todo, ya está dicho, se compra y se vende. También que los dos partidos nuevos a los que buena parte de las encuestas sitúan tercero y cuarto -es decir, con menos apoyo popular que sus rivales del bipartidismo- se permitan fijar unas condiciones previas para pactar que se resumen en ‘o gano yo y gobierno’, ‘o no gano, pero los viejos tienen que dejarme gobernar porque hay que dejar paso al cambio’. Aunque la gente pueda acabar votando que el cambio lo lideren los de toda la vida.

En realidad, a estas horas, la única pregunta relevante más allá del escrutinio es con cuántos escaños se puede gobernar la Moncloa estando en minoría. Una cuestión insoslayable, a la espera de lo que dicten las urnas, tanto para el que aparece como ganador insuficiente de los comicios como para el que pretenda forzar su sustitución al frente del Gobierno conformando una mayoría alternativa igualmente insuficiente. En las generales con el cañón mediático sobre ellas más potente en años, hemos optado por distraernos con los fuego de artificio, las cartas a los reyes magos y los chismes que simulan ser información contrastada. No es solo la política la que no sale bien parada de la fotografía en permanente movimiento que describe esta campaña.

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Los pactos en la ‘campaña tiovivo’
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Lourdes Pérez | 09-12-2015 | 17:50| 0
La campaña más tiovivo de la democracia reciente está alentando la impresión de que todo es posible. De que todo puede cambiar de un día para otro -que se lo digan al Sánchez post-debate en Atresmedia- y de que todo cabe en la coctelera de los pronósticos, aunque algunos resulten difícilmente viables cuando no directamente irrealizables. En las once elecciones generales que se han celebrado en España desde junio de 1977 (aquellas sí fueron, ciertamente, históricas), solo se han contabilizado cuatro mayorías absolutas: las del PSOE de Felipe González de 1982 y 1986, la de Aznar de 2000 y la de Rajoy de noviembre de 2011. En todas las demás hubo gobiernos en minoría obligados a pactar con mayor o menor estabilidad y fortuna, y en algunos casos con distancias cortas entre el primero y el segundo del dúo del bipartidismo. González retuvo el poder en 1993, contra los pronósticos de las encuestas y seguramente gracias al debate que le ganó ‘in extremis’ a Aznar, por apenas 18 escaños, tres más que los 15 que permitieron al PP poner fin tres años después al largo ciclo del ‘felipismo’; y Zapatero lideró el Ejecutivo dos legislaturas con márgenes similares con respecto a los populares. Lo que sí ha ocurrido en otras instituciones  locales y autonómicas, no ha sucedido jamás en el Congreso: que el segundo gobierne por encima de la mayoría simple del primero a través de pactos con terceros. Se dirá que se trata de una regla no escrita, que en democracia alcanza el poder legítimamente el que suma con otros y que en el tiempo de los ‘novísimos’ los tabúes están para romperse. Incluso se citará hasta el cansancio ‘Borgen’, la serie danesa en la que la protagonista se instala en el palacio presidencial encabezando un partido bisagra. La comparación es superflua desde el mismo momento en el que la televisión sitúa al frente del Gobierno a una mujer madre de familia y sin trazas de una ambición desmedida. En España ninguna cabeza de lista es femenina y a la actual vicepresidenta se le llama despectivamente ‘menina’.
1.- El ‘tripartito de los perdedores’: El PP está agitando el fantasma de una alianza sobrevenida PSOE-Ciudadanos-Podemos para apuntalar, por un lado, su imagen de fuerza de gobierno y, por otra, para desmerecer las opciones de sus rivales. ‘Todos contra nosotros’, es el mantra de campaña de los populares. La expresión ha hecho fortuna en mítines y titulares, aunque no resista un contraste exigente. Es suficiente con hacerse una pregunta:  ¿es realmente posible que Pablo Iglesias apoye a Albert Rivera, y viceversa, con el único objetivo de echar a un Rajoy eventualmente ganador?
2.- El papel del PSOE: Imaginemos que las encuestas atinan y el PP se impone el 20-D. Los socialistas, con un secretario general en principio sin las ataduras del legado de la Transición, podrían ensayar lo que nunca se ha hecho antes -tratar de desbancar a la lista más votada, en el supuesto de que Rajoy no logre apoyos – si amarran la segunda plaza y se quedan a una distancia mínima de la formación conservadora. Volvamos a hacernos una simple pregunta: ¿es de verdad factible que Sánchez participe en ninguna maniobra a tres, en la hipótesis de que los populares abran brecha y/o los socialistas se vean desplazados como referentes de la oposición?
3.- El estreno de los nuevos: Podemos solo podría asaltar el cielo de la Moncloa en caso de imponerse en la noche electoral, porque si Rajoy despierta animadversión entre sus rivales, otro tanto viene a ocurrirles a Sánchez y Rivera con respecto a Iglesias. Puede objetarse que los socialistas han permitido al ‘podemismo’ asentarse, por ejemplo,  en Madrid. Pero una cosa es una alcaldía, aunque sea tan simbólica como la de la capital de España, y otra entrar a un juego de acuerdos que solo apuntalaría al partido morado como alternativa genuina de gobierno desde la izquierda. Podemos sueña con forzar a Sánchez a elegir entre Iglesias y Rajoy. Pero, ¿vislumbra alguien al PSOE en esas componendas, teniendo en cuenta que el partido se abriría previsiblemente de nuevo en canal si no logra un resultado que permita salvar la cara a su cabeza de lista?
El interrogante vale también en el supuesto de  que Rivera, que ha sugerido que tratará de ser investido si Rajoy no lo logra, se alce como segunda fuerza.
En la ‘campaña tiovivo’, con los partidos girando sin parar mientras sus expectativas suben y bajan, todo parece posible -aunque no lo sea- en medio de una incertidumbre desconocida que no permite descontar sorpresas de última hora. Pero de lo más amenazante para el interés general no quiere hablar nadie: que el mapa en las Cortes se fragmente hasta tal punto que el país se haga ingobernable. Para todos, incluidos los ‘novísimos’ y sus airosas aspiraciones.
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El ‘ticket’ del señor de Pontevedra
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Lourdes Pérez | 07-12-2015 | 16:08| 0

1. La campaña apenas ha cubierto unos compases y se ha convertido ya en un guirigay en el que fluyen las “teorías de la conspiración” –quién pactará con quién y contra quién–, las tácticas de desgaste a varias bandas y el miedo; sobre todo, el miedo. Es probable que esté empezando a sentirlo hasta Albert Rivera, que llegaba al 20-D ligero de equipaje y que comprueba ahora cómo las expectativas al alza de Ciudadanos le interpelan a no cometer los errores que antes sí podía permitirse. Pero es a Pedro Sánchez al que primero parecen haberle flaqueado los nervios, con una oferta de pactos, nada más arrancar, que facilita a Mariano Rajoy y los suyos aferrarse al mantra de que el “trío de los perdedores” trama una alianza anti-PP. Ahí se esconde, en la igualación despectiva del “trío”, una de las razones por la que el presidente del Gobierno ha declinado participar en los debates con Sánchez, Rivera e Iglesias. Porque el reproche por no acudir, en términos de exigencia democrática, es un inconveniente menor que las ventajas que le otorga que el público vea discutir a quienes, hoy por hoy, son aspirantes a sucederle. Mientras él hace campaña, a su manera, “au-dessus de la mêlée”.

2. No deja de tener retranca (gallega) que sea justamente un político como Rajoy el rival a batir por el nuevo rostro del socialismo español y los líderes emergentes de Ciudadanos y de Podemos. No se trata solo de que lleve 20 años de edad y unos cuantos trienios de experiencia en el poder –en la supervivencia en el poder– a sus tres oponentes. Es que pocas cosas hay más contrarias a la apostura de Sánchez, la telegenia de Rivera y la insolencia de Iglesias que el porte de alcanfor de un “señor de Pontevedra” que no pretende ir de otra cosa; que sabe que lo primero que debe hacer es preservar el caladero de votantes de derechas alérgicos al riesgo y a la estridencia; y que se ha plantado con opciones de ser reelegido pese a Bárcenas, pese a la recesión y pese a las periódicas confabulaciones de Esperanza Aguirre. Rajoy goza de un salvavidas en la seguridad que proporciona a parte del electorado aún acongojado por la crisis; toda esa gente que se dice: “éste, al menos, conoce los problemas que se cuecen”. Pero su imagen y su trayectoria son identificados por no pocos ciudadanos –también entre los conservadores y sus aledaños– como la antítesis de la seductora idea del cambio. Por eso, para combatir ese prejuicio, el presidente del Gobierno ha sacado de la burocracia grisácea del Consejo de Ministros a Soraya Sáenz de Santamaría a fin de conformar con ella un “ticket” electoral insólito. El “señor de Pontevedra”, mano a mano en los carteles con la vicepresidenta más joven y poderosa de la democracia. Ni Casado, ni Maroto, ni Levy. La estrecha colaboradora a la que él fichó. La “rajoyista” más genuina del PP.

3. Las “teorías de la conspiración” son irresistibles. Una de ellas dicta que Sáenz de Santamaría será el recambio por si Rajoy tiene que sacrificarse en el altar de una eventual alianza con Ciudadanos para retener el Gobierno. A lo largo de su ya muy dilatada carrera, Rajoy ha demostrado tener tanto desapego al poder como innata habilidad para mantenerse en él. El presidente aspira a darse un homenaje después de una legislatura para olvidar, así que la llamada “operación Soraya” pretende en primera instancia ofrecer una imagen de profesionalidad moderna que pueda contrarrestar por ese flanco las prestaciones de Sánchez, de Iglesias y, sobre todo, de Rivera, convertido en rival de cabecera. Todos de la misma quinta, ninguno de los tres atesora el currículum de la vicepresidenta. Rajoy juega la baza femenina. Pero, por ahora, para poder vencer y gobernar él.

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Ruptura con Mas y su Gobierno en funciones
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Lourdes Pérez | 09-11-2015 | 12:07| 0

El Parlament de Catalunya ha iniciado hoy oficialmente el tránsito  hacia ‘la desconexion’ con España gracias a la hegemonía de Junts pel Sí y la CUP -72 escaños, el 53% de la Cámara- frente a una minoría opositora que puede argumentar a su favor que los independentistas no alcanzaron la mitad de los votos emitidos en las autonómicas convocadas con cariz plebiscitario el 27-S. El luminoso del resultado ha escenificado un hemiciclo partido casi por la mitad, porque no solo no ha habido abstenciones, sino que los diputados de Catalunya Sí que es Pot, la plataforma que suma al Podemos de Pablo Iglesias y a la Iniciativa que estuvo junto a Artur Mas en los primeros compases del ‘procés’, han votado en bloque contra la secesión.

La declaración unilateral refrendada esta mañana representa algo parecido a volar sin paracaídas sobre lo desconocido. Hacia un desenganche de España sin precedentes en el período democrático que confronta la legitimidad de Junts pel Sí y la CUP primero con la legitimidad del resto de fuerzas del Parlament -Ciudadanos, PSC, PP y Catalunya Sí que es Pot- y, después, con la legalidad constitucional que sigue siendo la misma que sustenta las instituciones de autogobierno catalanas. Desde hoy, el camino  hacia la soberanía plena carece de seguridad jurídica al despegarse por voluntad propia de la obediencia al entramado legal vigente. Lo que significa tanto como cerrar la puerta a una negociación constructiva con el Estado, que si hasta ahora no ha sido posible, desde esta mañana parece ya directamente inviable una vez salidos del carril de la Constitución.

Esa es la consecuencia de fondo de lo aprobado este nuevo 9-N para los anales. La más inmediata es que el Parlament mandata al Govern para emprender el camino hacia la independencia con un equipo gubernamental que continúa en funciones -es decir, en la transitoriedad- tras el 27-S y sin que Mas haya logrado asegurarse la investidura, que se debate esta tarde, con las cesiones a la CUP. ¿Puede encaminarse un país hacia el acontecimiento inédito de la ruptura con España sin president y con un Ejecutivo no solo sin renovar, sino en el que media docena de consellers -entre ellos, el de Economía- discrepa de la moción retadora de hoy? La hoja de ruta de la declaración prevé un plazo máximo de 30 días para poner en pie las leyes del proceso constituyente, las de la Seguridad Social y las de la Hacienda Pública, con lo que eso significará no ya para los rectores del ‘procés’; también para los miles de funcionarios que podrían verse involucrados en eventuales decisiones de desobediencia. Un período de incertidumbre al límite que se sitúa en vísperas de las elecciones generales, que redefinirán no únicamente el mapa español, sino también el catalán. La dilución en dos candidaturas separadas de Convergencia y Esquerra Republicana amplía sobre el papel las opciones de Ciudadanos de poder erigirse en primera fuerza en Cataluña. Y todo apunta a estas horas a que el 20-D se consumará con Mas y su Gobierno aún en situación interina, porque el margen para tener que convocar nuevas elecciones si no fructifica el acuerdo con la CUP no vence hasta el 9 de enero. Se avecinan las Navidades políticamente más tensas e  inciertas desde el advenimiento de la democracia tras la muerte de Franco, de la que están a punto de cumplirse 40 años.

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Forcadell, las mujeres y el poder
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Lourdes Pérez | 03-11-2015 | 19:33| 0

“En un nuevo país, las mujeres podrán hacer de mujeres”, proclamó Carme Forcadell en un mitin electoral de Junts pel Sí, prometiendo que en la Cataluña independiente ni las abuelas ejercerán de “canguros” ni las cuidadoras de meras “acompañantes”. Forcadell se ha erigido desde su elección como presidenta del Parlament en la líder más visible del ‘procés’ soberanista, ante el vacío que ha dejado en el escenario un Artur Mas en funciones, acuciado por el 3%, que escucha críticas por la deriva independentista en el seno de su propio Gobierno y cuya investidura sigue pendiendo de lo que decida el asamblearismo de la CUP. Los avatares del separatismo catalán resultan ya inseparables de la biografía de la expresidenta de la ANC, hasta el punto de que no se tiene memoria de un arranque de mandato parlamentario como el que viene protagonizando en la última semana: se estrenó el lunes 26 lanzando ‘vivas’  a la república catalana aún por nacer, obviando que casi la mitad de la Cámara a la que representa en su totalidad no comulga con el ‘procés’; al día siguiente, se convirtió en la responsable de la Cámara que tramitará la declaración unilateral de ‘desconexión’ con España; y desde ese instante de inflexión, ha destinado sus esfuerzos a tratar de bloquear la única alternativa que tiene en estos momentos la oposición en sus manos para desvirtuar el llamado ya ‘pleno de la ruptura’: dilatar al máximo esa sesión para que quede en evidencia que los mismos dos grupos -Junts pel Sí y la Cup- que pactan la independencia no son capaces de ponerse de acuerdo, al menos no por ahora, sobre la investidura. El mensaje subliminal de los partidos antisoberanistas es nítido: quien no puede lo menos -garantizar la reelección del president-, no puede lo más -promover un nuevo Estado-. Forcadell ha hecho funambulismo sobre el Reglamento del Parlament para conseguir el mal menor para sus intereses, que pasa por que ambas cosas se voten el lunes, otro 9-N bruñido en el calendario. El igualitarismo paternalista y bienpensante tiene como una de sus máximas que las mujeres tienden a ejercer el poder de “otra manera”. Más dialogante, más tolerante, más comprensiva con la diferencia que ellas mismas representan, más proclive a la negociación, más abierta al pacto. Semejante generalización orilla que aunque el objetivo deba ser siempre buscar la excelencia, las mujeres han de tener de partida el mismo derecho a acceder a los mismos cargos que los hombres y a hacerlo igual de mal que ellos. Y también que el ejercicio del poder, puro y duro, ha dejado ejemplos históricos de dirigentes políticas a la altura o por encima del rigorismo y la inflexibilidad de los varones. Había dado muestras de ello, pero la última semana en la Cataluña más convulsa ha demostrado lo implacable que puede llegar a ser Forcadell. “En un nuevo país, las mujeres podrán hacer de mujeres”, ha dejado dicho.

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Pongamos que hablamos de Luis
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Lourdes Pérez | 02-09-2015 | 10:19| 0

Pongamos que el parado se llama Luis. Que lleva casi cinco años sin trabajo desde que cerró la fábrica en la que estaba contratado y que apenas cuenta con expectativas de encontrar otro más o menos digno y estable en lo que le resta de trayectoria laboral, por edad y por su limitada formación. Que solo le resta el arropamiento de algunos allegados y el último recurso a un subsidio de 426 euros que se puede obtener hasta en tres ocasiones, pero no consecutivas, lo que significa que en el año de obligada carencia administrativa entre una solicitud y otra Luis carece de recursos salvo que se obre el milagro de hallar una ocupación remunerada. Pongamos también que, dadas las circunstancias, su única ventaja es que no dispone de eso que la burocracia denomina ‘cargas familiares’, como si compartir la vida con alguien y tener hijos representara un fardo vital. Hace tres años, cuando las listas del desempleo empezaban ya ha engrosarse con la escalofriante cifra de los parados de larga duración, el Gobierno de Rajoy aprobó un paquete de ajustes, recortes y reformas que incluía posponer de los 52 a los 55 años la prestación -en la práctica, un seguro de subsistencia- para aquellos que habían sido expulsados del mercado laboral en el peor momento: en medio de la crisis económica más destructiva en décadas y a muy mala edad, porque en la era del consumo vertiginoso, uno pasa a ser considerado viejo para resultar productivo y rentable, si se descuida, en cuanto pisa la cuarentena. Nuestro protagonista no llegó a alcanzar ese salvavidas por un puñado de días: el BOE que oficializaba el tijeretazo se adelantó a su cumpleaños. Como las esperanzas siempre son modestas en la casa del pobre, Luis confiaba en poder acceder ahora a ese colchón, mientras sigue buscando trabajo en vano, una vez cumplidos ya los 55. En la oficina llamada ‘de empleo’, casi huérfana de parados en los tiempos de bonanza y convertida desde que estallaron todas nuestras burbujas en un paraje de apreturas y desolación, le informan de que el enésimo cambio en la legislación requiere como nueva condición haber trabajado al menos tres meses, después de haber consumido la cobertura por pérdida de trabajo, para poder pedir la ayuda. A cada día que pasa, y cuando la recesión se ha ido pero la crisis aún no, menos posibilidades tiene el desempleado de larga duración de encontrar acomodo en un mercado laboral exiguo y exigente. Pero la norma fuerza al que perdió lo que tenía y no encuentra cómo recuperarlo, en unas condiciones muy cuesta arriba, a sumar 90 días de trabajo para optar a la prestación de los 55 años.

El funcionario mira a Luis, se disculpa por resumir su situación con un expresivo ’qué putada’ y se permite aventurar, en voz baja, que quizá la regulación vuelva a modificarse si entra un nuevo Gobierno tras las elecciones generales.

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Dignidad, soberanía y referéndum
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Lourdes Pérez | 30-06-2015 | 11:40| 2

Alexis Tsipras ha planteado el referéndum anunciado el viernes por él mismo y por sorpresa como un ejemplo de democracia participativa anclada en los mejores valores fundacionales de la Unión Europea, destinado a restituir la “dignidad” de su pueblo y sortear la “humillación” chantajista a la que querría someterle la troika, identificada ahora ya directamente como ‘los acreedores’. Dejando al margen que la alambicada formulación de la pregunta (1) resulta del todo incompatible con la claridad sin matices con que se expresa el primer ministro heleno, la justificación de Tsipras del plebiscito lo sitúa, si fuera cierto su argumento y no lo que parece -un pulso por el poder-, en un terreno de imposible discusión. Porque, ¿quién no comparte que la dignidad de los ciudadanos griegos no sea un bien a preservar? ¿Quién puede defender ninguna actuación, de la UE o de quien sea, que pueda agraviarle? La dignidad no depende del dinero. Es perfectamente posible mantenerse digno siendo pobre hasta no tener casi para comer, del mismo modo que la riqueza no garantiza alcanzar la dignidad. Pero si esta parte de la  (interesada) retórica de Tsipras puede sostenerse, apoyada en el sufrimiento y la indignación de miles de griegos hostigados día a día por la austeridad, no ocurre lo mismo con la reivindicación del referéndum como ejercicio pleno de la soberanía griega. Si cabe conservar la dignidad en la pobreza, no es tan factible ser soberano cuando careces de recursos propios para sostener las necesidades cotidianas de tus conciudadanos, cuando los acreedores llaman a tu puerta y cuando tus bancos dependen de la respiración asistida insuflada por los 89.000 millones de ayuda de emergencia movilizada por el Banco Central Europeo. El relato recurrente es que son los poderes financieros en la sombra, operativos a través de la troika, los que tratan de hurtar su soberanía a Grecia. Pero aun en el supuesto de que se diera por buena esa tesis, no explicaría del todo por qué los griegos han llegado hasta aquí después de acabar con la dictadura y de tolerar durante décadas un sistema ineficaz y corrupto. Grecia no parece hoy un Estado viable, y no es solo culpa de un entorno europeo supuestamente hostil. Resulta llamativo que esta crisis siga planteándose únicamente como un feroz tira y afloja entre el Gobierno de Tsipras y sus todavía socios comunitarios, cuando la aceptación o no de la propuesta negociadora que estaba el viernes sobre la mesa apuntando a un acuerdo y la convocatoria del referéndum han partido casi por la mitad a la propia sociedad griega. Pero esas tensiones soberanas Trsipras cree haberlas orillado incitando al pueblo -a parte de su pueblo- a salir a la calle y colocándose en la cabeza de la manifestación. Ese lugar más  cómodo que el Parlamento heleno y el Eurogrupo y en el que nadie te cuestiona.

(1) Esta es la pregunta que se someterá en principio a consideración de los griegos el próximo domingo : «¿Debería ser aceptada la propuesta que fue sometida por la Comisión, el BCE y el FMI en el Eurogrupo el 25 de junio de 2015, que consiste en dos partes que juntas constituyen su propuesta integral?».

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